Hace ya muchos años los Andes Patagónicos nos cruzaron de manera accidental: el como guía en una expedición italiana que tenía como propósito escalar el Cerro Torre, yo todavía como aviador de la Gendarmería Nacional.
De pequeña estatura, abundante cabellera blanca y de botas prácticamente circulares como prueba de un congelamiento en el Aconcagua, Cesarino se destacaba por su rostro curtido por los vientos de

quien sabe cuántas montañas del mundo y sus ojos, que reflejaban su espíritu generoso, sereno, feliz e inquieto. Dueño de una simpatía única, sus descripciones de la montaña, de la vida y de sus aventuras se fundían en una gran sonrisa.
"Il pilastro del cielo" decía elevando su mirada en un cielo diáfano, frente al imponente Cerro Torre, que lo ligó para siempre a nuestra Patagonia.
Cesarino Restaurant no busca otra cosa más que homenajear a aquel enamorado de la montaña: Arrivederci Cesarino!